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2012. El diagnóstico me cambió a vida

Micaela Abidor se enteró de que era celíaca hace siete años, después de mucho tiempo de vivir con incertidumbre y malestar. Aquí cuenta su historia, que incluye viajes interrumpidos, un consejo de Norman Briski y participaciones en la lucha por la Ley.

Un buen susto se llevó Micaela Abidor aquel verano hace siete años, poco antes de enterarse de que era celíaca. Recién llegada a unas vacaciones en Punta del Este, comenzó a sentirse muy mal: los que iban a ser unos días de descanso en familia se redujeron a una noche eterna de idas al baño y un vuelo de urgencia de vuelta a Buenos Aires.

“Fui como sesenta veces al baño durante la madrugada. Asustada, mi mamá me metió en un avión y de Aeroparque me llevaron directo a la clínica; estaba deshidratada y me recuperaron con suero”, recuerda.

Aunque éste fue el de mayor gravedad, esos episodios no eran nada nuevo para ella: como muchos otros celíacos, desde la adolescencia Micaela había sufrido fuertes descomposturas.

También, como muchos otros celíacos, había recibido respuestas ambiguas: “El médico de confianza de mi familia se señalaba la cabeza y me decía: ‘Lo tuyo es de acá’. Y yo no sabía qué me pasaba, me sentía estigmatizada. Hasta llegué a consultar a un psiquiatra”, cuenta hoy.

 

 

El fin de la incertidumbre

Rondando la treintena, tras toda una vida de malestar, Micaela se había resignado y era ya una experta en controlar los síntomas: sabía qué tomar para el dolor de panza, qué para las diarreas.

Por ese entonces, para continuar su formación como actriz, entró en la escuela de Norman Briski, y fue él quien notó que algo andaba mal: “Es un gran observador: yo me emocionaba mucho en las clases y andaba con el cuerpo dolorido. Se me acercó y me dijo: ‘¿Qué te pasa? Vos no estás bien. Te tendrías que hacer ver’”, relata Micaela.

Así fue como, poco antes de aquel viaje a Uruguay, llegó al consultorio de Eduardo Abbate, su médico actual, el que le habló por primera vez de la celiaquía. Como ella ya tenía sus vacaciones planeadas, le dijo que se hiciera los análisis y que los verían a su vuelta.

En el transcurso de ese verano fue cuando Micaela tuvo ese fuerte episodio que la hizo volver de urgencia a Buenos Aires. No obstante, cuando salió de la clínica siguió con su proyecto de vacaciones y se fue a Mar Azul. Durante ese viaje, estaba confundida acerca de qué comer, porque no tenía todavía la certeza de ser celíaca: la ensalada estaba contraindicada por el malestar en la panza, y prepararse unos fideos era peor. Por lo que, al final, se la pasó comienzo arroz.

Para cuando llegó al consultorio de su médico, en febrero, había perdido diez kilos, estaba ojerosa, con la cara chupada y sintiéndose muy mal. Apenas se sentó, Abbate le confirmó el diagnóstico. “Me largué a llorar; por fin alguien me decía qué me pasaba. Me acuerdo ahora y todavía me emociono: había estado mucho tiempo muy descuidada”, expresa.

 

 

Empezar de vuelta

Ese mismo día, Micaela fue a un bar y, por primera vez, dejó las galletitas que le trajeron con el café: ya sabía qué era lo que tenía que dejar de comer para estar mejor.

“La verdad, me adapté enseguida y mi entorno también me apoyó mucho”, recuerda. “En tres meses me sentí mejor. Me cambió la vida para bien; me mejoraron el pelo y la piel, tuve más energía, me puse más jovial. Todas esas cosas que veía Norman eran por la celiaquía.”

En el ámbito laboral, Micaela también se sintió respaldada. Por esa época empezó a trabajar como notera con Alessandra Rampolla (en un programa que la sexóloga tuvo en un canal de aire). Pasaba bastante tiempo en la calle, y la producción tenía cuidados especiales en el catering. Ella, por su parte, aprendió a llevarse las galletas de arroz en la cartera.

“Lo que nunca hice fue andar con un Tupper. Me molesta que la gente lo vea y me empiece a preguntar y pasar a ser la protagonista, dando cátedra acerca de la celiaquía”, explica. “No tengo problema en aclararles después por mail o juntarme especialmente para eso: yo siempre estoy para ayudar si alguien lo necesita, pero no si estoy en medio de una reunión y quiero divertirme. Mi vida no gira en torno de eso, porque yo no soy solamente celíaca, yo soy Micaela, soy muchas cosas y, además, celíaca.”

¿Cómo se las arregla entonces en los eventos sociales? “Son realmente lo más difícil”, confiesa. “Lo que suelo hacer es comer antes para no llegar con tanta hambre. Pero lo cierto es que no soy obsesiva de la dieta; para mí ponerse obsesivo es otra manera de sentirse mal. Tiene que ver con entender que nada es perfecto, yo no soy perfecta y mi dieta tampoco lo puede ser, ni me interesa que lo sea. Lo importante es que los controles médicos me dan bien.”

Un grupo de Ley

Después del diagnóstico, durante algún tiempo Micaela se integró también al Grupo Promotor de la Ley Celíaca. Con ellos participó de las primeras campañas de difusión y del encuentro en el Congreso en mayo de 2007.

“Ellos me ayudaron mucho. Y ese día pudimos ayudar también. Venía gente súper necesitada, que no entendía qué era ser celíaco. Nosotros tenemos con qué comprarnos comida apta, pero hay muchos que no saben cómo manejarse; es con ellos con los que hay que trabajar”, afirma Micaela, y señala, crítica: “Se dice que ahora hay de todo para comer, pero no es cierto porque los productos son muy caros; no me importa por mí, pero me da pena para los que no pueden comprarlos o por los chicos, que van a un kiosco y tienen pocas alternativas”.

Pese a esto, ve que el trabajo del Grupo ha rendido sus frutos: “Que se haya aprobado la Ley, que se hable tanto de la celiaquía, que los médicos la tengan más presente, sin duda, es gracias a los esfuerzos del Grupo”.

 

 

Micaela Abidor

Es actriz egresada de la Escuela Nacional de Arte Dramático, estudió con Norman Briski y trabajó en teatro, cine y, en televisión, también como notera. Hoy, más alejada de la actuación, se define como una mujer polirrubro: “Soy actriz, notera y vendedora de joyas y cueros. Me gustaría volver a la tele con algo que tenga que ver con la conducción”, dice.

 

 

 

 


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