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NOTA


Rosa nos cuenta su historia: celíaca y trasplantada.

Mi nombre es Rosa. Soy una abuela muy afortunada, ya que hace veinte años recibí un trasplante hepático a raíz de que una enfermedad autoinmune me había dejado el
hígado anterior “fuera de servicio”.


Se trató de un proceso complejo, pero me permitió tener una muy buena calidad de vida, conocer a mi nieta menor y ver a los mayores crecer, estudiar, formar sus familias.


Al tiempo de trasplantada, a mis sesenta años me diagnosticaron celiaquía. En mi familia una sobrina directa estaba diagnosticada desde mucho antes, hacía casi cincuenta años. Buscar al celíaco dentro de los familiares no era una práctica médica habitual en ese momento.


El diagnóstico me sorprendió: sentía que era grande para enterarme de una dolencia que probablemente había tenido toda la vida. Además no entendía cómo no había surgido antes dado que, por otros síntomas que presentaba —como anemia crónica, que ahora sé que está relacionada— y por la cirrosis biliar primaria que me había llevado al trasplante, me habían requerido múltiples laboratorios, análisis y procedimientos médicos exploratorios.


Una vez diagnosticada, me ceñí a la dieta en forma inmediata y prolija. Tuve dos ventajas: una, ser muy ordenada en las cuestiones médicas; y la otra, no ser “tentada” en cuestiones de alimentación.
Mantuve mi dieta frugal, y fui y soy muy cuidadosa en incorporar alimentos que estén certificados como aptos. No me expongo.


La mayoría de las comidas las realizo en mi hogar o en casas de parientes, donde están muy instruidos en lo que puedo comer y en cómo cocinar para evitar la contaminación cruzada. ¡Me cuidan y me miman!
Cuando como en un restaurante, elegimos el lugar, y me limito a un plato simple y sin riesgos. Por ejemplo, pollo asado con puré de calabaza. También hablo con los mozos, les explico, y en general me traen una panera especial separada con productos aptos.


Si voy a una reunión donde no estoy segura sobre el menú y los cuidados que hayan tenido en la elaboración, disfruto de la reunión sin comer; lo hago antes o después en casa.
Siendo rigurosa con la dieta tengo total tranquilidad que no afecto mi salud. También lo fui con todos los controles y con todos los remedios: inmunosupresores y complementos por el trasplante.


El beneficio principal de alimentarme sin tacc es sentirme bien y, como contaba al principio, tener una muy buena vida. Hoy, siendo una mujer grande, vivo con mi marido de toda la vida; llevamos más de sesenta años juntos, somos independientes.


Nos encanta recibir a los hijos y nietos. Disfruto de seguir cocinando para ellos platos que para mí no son aptos, aunque muchas veces a ellos les tienta mi comida. La disfrutan, es “la comida de abuela”, y a mí me hace muy feliz.


En cuanto a las compras, ahora es bastante más sencillo: los productos sin tacc certificados se consiguen en muchos lugares (recuerdo la odisea que era conseguir algunas cosas cuando mi sobrina era más chica). Lo fresco lo elijo cuidadosamente. Cada tanto compro pastas, premezclas y pan a una distribuidora que me los trae a casa; consumo poco de todo.


Hoy entiendo la celiaquía como parte de mi estilo de vida. Hoy soy Rosa, trasplantada, celíaca, abuela, madre, esposa. Ser celíaca es sólo una característica más que me define.

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